Mi mamá

Mi mamá

 

 

Mi mamá

 

Por VINICIO Aguilar

 

Partiendo del hecho que todos tenemos la mejor madre del mundo, me nació escribirle a mi Matilde, mi madre que me trajo al mundo, mi dama piel canela, de 1.55cms de altura, pero con una estatura impresionante para dimensionar a los seres humanos en general y la suficiente como para no perder de vista a su familia; brazos torneados por sincronizadas y metódicas horas del “fitness” que se instruye en los trabajos de casa y ella en uno más, sus famosos e inigualables dulces típicos (o no señora Gordillo) por los que obtuvo merecidos reconocimientos.

 

Le he escrito en muchas oportunidades, la última columna se llamó así…MATILDE, pero nunca para una fecha como el 10 mayo, porque con ella todos los días eran para festejarla, para darle las gracias por ser tan buena, por ser tan sabia, humilde y firme a la vez, de voz suave y pausada, de la que nunca…de veras nunca, salió veneno alguno, ya no digas critica o malas expresiones ( ha pitas decía, talvez quiso decir otra cosa, pero no la dijo), ecuánime en sus apreciaciones y de justas dimensiones.

 

Mi mamá fue el motor de la casa que guio siempre mi señor padre Enrique, pero ella sabía a qué velocidad se debía correr y el rumbo que se tenía que tomar, nunca hacia algo inconsulto con su esposo (sabia la mujer) pero por algo prevalecía su propuesta, la que don Quique secundaba y aplaudía (sabio el señor) a tal grado de aventurarse a hipotecar la casa para acomodar a la familia que había crecido y salir abantes del reto, sin que el encargado del banco se tomara la molestia de llamar para advertir algúnatraso.

 

Mi madre era sencillamente genial, estupenda con las cuentas y las matemáticas producto de su paso por la Casa Central donde trabajo y estudio o estudio y trabajo, para sacar adelante a sus hermanos que seguían en Amatitlán bajo la tutela de la “Tiabuela” de quien creo se inspiró para tener ese don de mujer correcta, trabajadora y de un amplio entender, hasta de las situaciones más complejas de la una nueva era, en la que a mis hermanos les gustaba el Rock y sus bemoles , la política y hasta los “trancazos”

 

El sacerdote Hugo Estrada era con quien compartió muchas de sus revelaciones divinas que hizo Dios a través de ella, de las que nunca supimos a cabalidad su dimensión, pues su discreción y sencillez hacia que las mismas se quedaran donde debía ser; cero protagonismo y calor humano brotaba de ella. De vacaciones por Estados Unidos sufrió un accidente automovilístico y los médicos quedaron sorprendidos de ver desgarrados sus músculos en especial desus brazos, la causa no fue el suceso, era su día a día trabajado sus dulces, batiendo los “peroles” donde se cocinaba el verdadero mazapán (pepitoria, arroz, leche, agua y la porción mágica de ella) no el de azúcar y algo más, que ni mis tías, primas y hasta cuñada pudieron igualar.

 

Mi mamá tenía esa luz que alumbraba lo suficiente pero no encandilaba, de tantos “watts” que desde que se separó de nosotros físicamente, sus amperios iluminan hasta los bisnietos que no cargo, seguimos depositando en ella, penas, tristezas, alegrías, desaciertos, el clavo con los hijos y parejas, el “apretón” económico y hasta la torpeza más grandes

 

Siempre basaba sus sabios consejos en el don de la sabiduría y su Fe en Dios, cauta y directa a la vez, serena y de temple como para decir un NO, jamás le vi angustia, y si lo estaba lo manejaba tan bien que su paz, daba envidia de la buena; sigue como referente entre la familia, “la santa” Matilde exclaman muchos, otros la invocan y yo la siento viva, no visito su tumba, porque no veo allí sus restos, ni sé que dice su lapida, pues apenas hoy en la mañana como todos los días me comunique con ella.

 

Mi mamá sigue viva, y hoy celebra al igual que esos seres que son el sexo fuerte, el Día de las Madres.